miércoles, 16 de septiembre de 2009

Con la idea fija

Desde que cambie de trabajo cada cierto periodo de tiempo convivo con una sensación poco placentera que, afortunadamente, con el paso del tiempo fue decreciendo en intensidad. Es una sensación que se activa por dos motivos: la vieja conocida motivación intrínseca y los factores externos encarnados por El Chico y algunos amigos.
Sucede que cada tanto tiempo me encuentro haciendo tareas tan impensadas como indeseables y revivo la frustración que conocí por primera vez cuando me revelaron la verdadera descripción del puesto. Esa que me llevo a las lágrimas más de una vez y me mantuvo en posición fetal por dos días.
Después, una vez superada esa angustia, me fui encontrando con las historias felices de los amigos que fueron encontrando sus lugares de placer y desafío laboral. Esas historias que tan fácilmente logran revivir la triste sensación. Siempre es más o menos lo mismo, pero cada vez más espaciadamente y con menor intensidad. Sucede que uno se va acostumbrando a hacer cosas que no le gustan y termina manso como el elefante de circo que acostumbrado a tener la pata atada a una estaca desde pequeño, ya de grande no se preocupa en soltarse porque se acostumbro a saberse atado, sin saber que ahora es capaz de soltarse.
Entonces, parece que llegó el momento de empezar a prender velas simbólicas de buena onda para modificar el curso de la historia. Eso, pensar positivo, no dormirse y tratar de ayudar a la suerte, que dicen, tiene un componente de causalidad.

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