Que lento es el aburrimiento, dijo mientras esperaba que sonara el teléfono. Sinceramente quería avanzar y esa lentitud, esa pausa, la volvía loca.
Sus esfuerzos ya veían desaparecer lo que alguna vez fue el rumbo de la razón y se dejaban guiar por esa fe que nunca tuvo. Se justifico diciendo que estaba transitando una etapa de identificación con la iglesia porque después de todo, en términos de sacramentos, era la que el destino familiar había elegido para ella y además se sentía ofendida ante los ataques que soportaba de parte de los intolerantes que sólo son generosos con lo ajeno, y de ahí a extrapolarlo de la manera más loca.
Donó dinero, monedas, porque hace exactamente 8 días había querido hacerlo -lo había sentido- pero nunca pudo encontrar la urna de las donaciones y hoy la había encontrado a 200 kilometros y a la vuelta de su casa. Al escribirlo se planteo cuántas veces más tendría que escribir sobre la lentitud del aburrimiento.
martes, 16 de febrero de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario